lunes, 28 de febrero de 2022

Ecolexía 🎶 | RELATO

Autor: Augusto Andra

 Inza y Frank, tienen el deber de encontrar la Eco-Lexía, un sonido especial que cambiará todo lo que existe. Buscarán despertar de la realidad del universo. Una historia enfocada en el sonido de la verdad, en el poder de la palabra, el sonido y la voz. La revelación del verdadero Dios y preguntas existenciales entre la ciencia y la fe. 

Ciencia Ficción

PARTE I

         Pasada la medianoche, en un burdo motel de carretera, con una tenue luz amarillenta que parpadeaba de vez en cuando en la mesita de noche, terminaron de resoplar sus últimos gemidos antes de culminar el acto.

            Estaban sudados, a gusto y, probablemente, enamorados; quizá más él que ella. La habían pasado bien, por lo menos, esa última hora. Inza posó una mejilla en el velludo pecho de Frank, las gotas de sudor se le pegaban en el rostro; de repente, al oler el aroma sexual, se asqueó y, con un arrebato, se apartó con un gesto de repugnancia y malcriadez.

            ―A veces no entiendo cómo eres tan bueno en la cama y tan poco práctico para ciertas cosas, Frank ―dijo Inza, mirándolo de reojo, y se acomodó el cabello.

            Tenía una melena larga, sedosa y oscura, tan lisa como una fina tela negra. Inza recogió sus piernas, apretando las rodillas contra los pequeños senos. Frank no le prestó atención, se había acomodado al borde de la cama para buscar unos cigarrillos; estaba acostumbrado a los comentarios de su chica, siempre se quejaba de alguna cosa. De piel morena, fornido y de músculos duros, tenía el cabello casi rapado. Tardó unos segundos en encender el cigarro y, de espaldas, le ofreció uno; ella lo rechazó.

            ―Mírame ―le ordenó Inza―. ¿No notas algo extraño en mí? ―Se señaló el cuerpo.

            Frank botó una bocanada de humo, trató de disimular una mueca y la observó de arriba abajo. Estaba igual que siempre: delgada, con buenas caderas, un trasero enorme, la piel pálida, la mirada enojada recurrente y ese extraño tatuaje en su hombro: varios diamantes con forma de ondas musicales adentro.

            ―¿Por qué estás molesta? ―Frank era práctico: no le gustaba discutir, solo actuar.

            ―Mira. ―Se señaló los pies―. No me quitaste los tacones, pasé todo el rato con estas plataformas puestas. ―Parecían muy altas―. Pesan tanto como tus botas, ¿sabes? Y tuve que levantar las piernas varias veces solo para complacerte, pero tú ni siquiera ves esos detalles por estar mirándome el culo. ―Trató de descalzarse, pero las correas finas resultaban difíciles de zafar.

            ―Me gusta ver mejor otros detalles ―le respondió Frank, examinándole de nuevo el trasero―. ¿Qué importan los tacones? Te ves muy sexi con ellos, las actrices porno tampoco se los quitan cuando graban videos y esas cosas ―pretendió convencerla.

            Inza paró la tarea y le dirigió una mirada asesina.

            ―¿Me estás comparando con unas putas?

            Justo en ese instante, Frank notó el detalle de las uñas de su chica: largas y afiladas, todavía tenían sangre desde antes de entrar al motel para desahogarse y distraerse. Inza era tan peligrosa como él.

            ―¿Qué putas? Las prostitutas están en la calle, las actrices porno ganan más dinero y son hermosísimas… ¡Ah! Olvídalo, solo estás tratando de enojarme y desahogarte. ―Frank se calló y se acomodó de nuevo en la cama para terminar su cigarrillo.

            Pasaron unos segundos en silencio. Inza se quitó por fin los tacones y los arrojó con rabia fuera de la cama.

            ―Eso no fue lo único malo que hiciste.

            Frank volteó los ojos, esperando a que ella siguiese hablando.

            ―Cuando nos besábamos, me quitaste el vestido, jalándolo hacia abajo ―comentó Inza en voz baja. Frank no sabía qué responder―. ¿Qué no entiendes? Se enredó en mis tacones, creo que se estropeó… Eres un imbécil, ¿acaso tú te quitas la camiseta, jalándola hacia abajo? No, ¿verdad?

            ―¿En serio te molesta eso, Inza? ―Frank limpió la cola de su cigarro en el cenicero de la mesita de noche y la miró directamente, atravesándole la mirada―. La próxima vez te desvisto hacia arriba, problema resuelto; ¿te parece? ―planteó para culminar la discusión.

            Hubo otro breve silencio.

            ―Sí me molesta ―interrumpió Inza―. Esa chica con la que estuvimos, la cantante de rock rubia… A ella le quitaste la ropa hacia arriba, es porque tenía los senos más grandes que los míos, ¿verdad? ―Lo observó de soslayo.

            ―¡Oh, por Dios! ―Se llevó la palma de la mano a la frente―. ¿Toda esta discusión es por ese puto trío de mierda que hicimos? Esa chica estaba muy buena, pero ni siquiera era mi tipo, Inza. Te acompañé al trío para que pareciera más… ¡Oh, mierda! ―Se dio cuenta de algo y se incorporó mejor―. ¿Fue por eso que la mataste más rápido? ―Apretó la mirada y se tocó el entrecejo con el pulgar y el índice.

            ―¿Qué te importa? La íbamos a matar de todas formas. ―Le esquivó los ojos.

            ―¡Oh, por Dios!

            ―¿Por qué sigues usando esa expresión?

            ―No me cambies de tema. ―Se levantó y buscó su ropa interior en el suelo―. Es solo una expresión que digo por costumbre, eso ya lo sabes. Pero no lo aceptas porque pareces una niña malcriada y eres celosa. ―Se vistió el pantalón.

            ―No…, no soy malcriada y es normal sentir celos, Frank. ―Se llevó las manos desde la cara hacia detrás, estirándose el cabello―. Es que… No sé, a veces siento que te desvías un poco de lo que hacemos y que solo te gusta matar por matar. ¿De verdad estás despierto? ¿O quieres seguir durmiendo dentro de este sueño ajeno? ―le preguntó con seriedad.

            Esa mirada de Inza era lo que más gustaba y aterraba a Frank. Los ojos color café de Inza se mostraban intensos; pero, cuando hablaba del tema, del sueño ajeno, se tornaban más amarillentos y lúcidos, casi felinos y peligrosos.

            ―Estoy más despierto que nunca ―le respondió sin titubear―. Me preocupa que, cuando despertemos del todo, sigas siendo una niña malcriada. ―Ella solo chistó y le apartó la mirada―. Por cierto, todavía tienes sangre en las uñas, ve a lavarte ―le aconsejó.

            ―Cuando despertemos del todo, no seremos más… nosotros mismos; probablemente dejaremos de existir ―respondió tras un suspiro, y se levantó para ir al baño.

            El chorro del lavamanos sonaba y sonaba. Inza restregó sus manos con jabón, tratando de quitarse las manchas de sangre tatuadas en los dedos y uñas. Pero, por más veces que frotara, seguía pegada. Usó el agua caliente con el mismo resultado, no desaparecía; comenzó a desesperarse, se hacía daño.

            ―No se van, no se quitan ―se dijo, aunque se escuchó en toda la habitación.

            Frank se acercó a la puerta del baño, estaba abierta. Llevaba la camiseta colgada en el hombro, tenía intenciones de vestírsela cuando captó las quejas de Inza.

            ―La sangre no se quita. ―Seguía restregándose y miró a Frank con desesperación.

            ―Ese debe de ser tu karma, Inza. Matar personas no trae nada bueno. ―Señaló las manos.

            El agua continuaba cayendo en las extremidades de la chica, ya no las movía; el jabón se le escurría. Inza las observó sin parpadear, apretó los dientes con fuerza y frunció el ceño con un tic nervioso en el ojo derecho.

            ―¿Karma? Yo no maté a esas personas por placer, Frank ―se excusó, y retiró las manos.

            ―¿Entonces por qué lo hacemos? ―Apoyó el antebrazo en el marco de la puerta para asomarse mejor―. Si les enseñamos, ellos también podrían producir las notas. No hay necesidad de matarlos, yo ya me cansé ―dictaminó con una mirada fría y punzante.

            Algunas gotas caían de las manos de Inza, el lavamanos seguía botando agua y comenzaba a llenarse. Ella lo miró, respirando con agitación; sus pequeños senos se movían constantemente. El matiz de sus ojos se tornó gatuno y amarillo de nuevo, casi como el ámbar. Un sonido muy agudo, casi imperceptible e inusual salió de su garganta. Sonaba como el tintineo de un cascabel o como la vibración de la cuerda de un arpa. Luego surgió su voz, como si ese tono lírico y sublime intentara imitar la humana; de repente, se cortó. Inza comenzó a toser y se tocó la garganta.

            ―¿Ves lo difícil que es? ―preguntó ronca―. Una persona normal no puede producir la ecolexía, tengo que ser yo. ―Agudizó el tono―. Necesito más cuerdas vocales. ―Cerró los ojos muy pensativa.

            ―Comprendo ―aceptó Frank, y se acercó a ella para tocarle los hombros―. Pero eso no nos da derecho de tomar sus vidas, ¿no se te ha ocurrido que pueda haber alguna otra manera de hacerlo? ―Su enorme palma sobó la mejilla de Inza.

            Ella le golpeó el brazo con el reverso de su mano para apartar la caricia.

            ―Da igual, ¿qué importa si mueren ahora o después? Todos desaparecemos cuando la ecolexía se ejecute.

            ―La gente sufre menos cuando sabe que no va a morir ―expuso Frank; a pesar de su voz grave, el chorro en el lavamanos la opacaba―. Estamos haciendo que sufran, que les duela morir con eso que haces. En cambio, la ecolexía es instantánea; en un pestañeo todos nos iremos, como en el chasquido de Thanos. ―Y chasqueó los dedos, imitando al personaje.

            ―Tú y tus películas… ―Inza desvió la mirada hacia el espejo.

            La habitación comenzaba a empañarse debido al agua caliente. El reflejo era opaco y poco visible; sin embargo, los intensos ojos amarillentos de Inza resaltaban a través de la humedad.

            ―Te acobardas, Frank ―comentó de pronto―. Cuando te conocí, eres más valiente; no te daba miedo matar ―lo retó.

            ―No me da miedo matar. Solo que ahora soy más consciente de lo que hago, de lo que significa buscar la ecolexía. ―Señaló su garganta con el pulgar.

            ―Yo puedo sentir el miedo. Lo huelo, lo veo y lo escucho ―le espetó―. Tu timbre tiembla de vez en cuando, ¿por qué temes? ¿Acaso tú…? ―Dejó de hablar y arrugó la nariz.

            Inza dio un paso; su mano voló como un animal rapaz, tomando del cuello a Frank, y lo tumbó. Se posó encima de él y le rasguñó con suavidad la manzana de Adán.

            ―¿Tienes miedo de ser tú quien posea la ecolexía? ―se burló―. Ni siquiera seguirías con vida si yo lo supiera. No tienes el don. Solo tienes miedo. ―Se le acercó al rostro.

            El agua comenzó a derramarse y alcanzó los pies de Frank.

            ―No tengo miedo de lo que soy ahora; tengo miedo de lo que nos estamos convirtiendo ―le respondió sin vacilar―. Cuando empezamos a matar, tenías un brillo diferente en los ojos; era como una luz viva, curiosa… Esos ojos que tienes ahora… ―Pausó para verla de cerca―. Esos ojos dan miedo. Sigo haciendo esto porque quiero despertar, pero también porque quiero que seas la de antes…; la que tenía ese brillo bonito en la mirada. ―Le acarició la mejilla.

            La chica apretó los labios con un enfado infantil; trataba de enojarlo y, en cambio, había recibido un dardo en el corazón. Él tenía razón; se había obsesionado tanto para encontrar la voz de la ecolexía que se había corrompido en una búsqueda implacable y casi imposible. ¿Por qué la buscaba? Inza quería despertar del mundo y, a esas alturas, no sabía si lo hacía por puro capricho o si, en realidad, su propósito era loable y noble. Aun con ambas respuestas, después de que el sonido se ejecutara, ya nada importaría.

            ―Allá donde vamos, no existiremos ―respondió Inza―. Ni siquiera sabemos si existe un Allá. ―Tomó la mano de Frank, que reposaba en su rostro―. Solo quiero despertar y vivir en otro sueño; también quiero ser como antes. ―Y un sollozo salió de su garganta, junto a unas lágrimas que se le acumularon.

            En una fracción de segundo, Frank creyó ver aquellos ojos que tanto le gustaban antes. No surgieron los gatunos aterradores, sino dos brillos cálidos, dorados y casi inocentes que podrían conmover hasta al más despiadado.

            De repente, su chica palideció. Las pupilas de esta se desviaron hacia arriba, se tornaron blancas e Inza comenzó a temblar. Cayó lentamente de espaldas, Frank la sostuvo por la cintura y la depositó con cuidado en el suelo. Empapada con el charco que derramaba el lavamanos, sufrió espasmos. Tumbos en el tórax produjeron ecos y tintineos en su voz.

            Frank odiaba cuando pasaba eso, las personas normales lo catalogarían como convulsión. Sin embargo, eso era otra cosa. Inza detectaba la ecolexía involuntariamente, ese fenómeno natural la llamaba y se trataba de la única forma de captar el mensaje. Aunque resultaba incómodo, era necesario que soportara el ataque. Frank podía ver que el tatuaje de su chica se movía por arte de magia. Las ondas y notas musicales dentro de los diamantes se agitaban como si la música sonara y vibrara en la piel de Inza. A Frank siempre le pareció fascinante; en realidad, ocultaban una marca de nacimiento; cuando la ecolexía estaba cerca, el mismo patrón se movía de tal manera que la tinta se impregnaba en las figuras.

            El ataque ecoléxico terminó con un grito de alivio. Inza se recuperó, escupiendo en el suelo.

            ―Limpia toda el agua, Frank. Sé dónde está la siguiente persona. ―Se levantó para coger una toalla.

PARTE II

         Pasada la medianoche, la luna llena adornaba el cielo. Majestuosamente, un centenar de estrellas resplandecían en una noche sin nubes.

            La enorme catedral de Nuestra Señora de la Piedad era bañada por la luz del astro. Su estructura antigua de corte renacentista la bifurcaba entre adoquines, pilares, ventanas y almenas, otorgándole un aspecto que algunos podrían catalogar de tenebroso; pero para otros parecería majestuoso y enigmático.

            Un hombre se paseaba entre las butacas con una linterna. Buscaba una en específico. El sacerdote Lacay era recio y testarudo, delgado, alto como una palmera y calvo como un coco. Los espaldares estaban adornados con un bonito diseño en la madera, que llevaban una fila de monedas ―aparentemente de plata― separadas cada veinte centímetros. Estas mostraban con orgullo una réplica labrada de la famosa estatua de Nuestra Señora de la Piedad. El padre Lacay había notado que, en una de las butacas, una moneda aparecía rota a la mitad, algo que lo incomodaba ―le gustaba que todo luciera perfecto para las misas―. Y, como hombre terco que era, se le había ocurrido removerla e incrustar una nueva.

            Cuando la encontró, sacó un destornillador y un martillo de una maletita de cuero. Con la punta del metal, clavó la herramienta al borde y, con mucha suavidad, movió un poco para crear una pequeña apertura. Con el martillo, golpeó suavemente el mango del destornillador tres veces y la mitad de la moneda rota asomó hacia arriba. El padre Lacay la tomó y el resto salió con más facilidad.

            Guardó los pedazos en un bolsillo y procedió a buscar la nueva entre sus cosas en la maletita. Pero, cuando la cogió, escuchó el estruendo de un portazo a su espalda. ¿Habría sido el viento? Resultaba casi imposible, en esa época del año las ventiscas eran mínimas y todas las puertas de la catedral estaban cerradas con llave.

            Cuando volteó la mirada, una intensa luz lo cegó de golpe; el padre se cubrió el rostro con la mano para recuperar la vista poco a poco. Oyó unos pasos, un hombre que silbaba una melodía se acercó.

            ―Pon tu fe en lo que tú más creas. Un ser dos mundos son. Te guiará tu corazón y decidirá por ti.

            ―¿Qué…? ―preguntó el padre Lacay, sin pensarlo mucho.

            ―Es una canción de Phil Collins, de la película Tarzán.

            A espaldas del sacerdote apareció también una chica muy pálida de cabellera larga y oscurísima.

            ―¿Quiénes son ustedes? Las misas comienzan a partir de las seis de la mañana. Lo que están haciendo es ilegal. ―Alzó la voz, sin perder la compostura.

            Ella se acercó un poco más y se sentó encima del espaldar, donde estaban las monedas incrustadas.

            ―No venimos a misa.

            ―¿Quiénes son y qué desean?

            ―¿Qué deseamos? ―se burló la chica.

            El hombre moreno sacó una linterna de su bolso, parecía más bien una lámpara cilíndrica; la posó en el suelo para iluminar más alrededor.

            ―Solo somos dos soñadores que necesitan despertar para seguir soñando. Yo soy Frank y ella es Inza. ―Luego extrajo un cuchillo militar de su cinturón―. ¿Conocía la canción de Phil Collins, padre? Se llama Dos mundos.

Lacay dudó unos segundos y se tragó el miedo.

            ―No hay pecado más grande que atentar contra la vida humana y lo es peor dentro en la casa de Dios.

            Frank e Inza se miraron fijamente. El primero guardó el cuchillo y alzó un poco las manos para tranquilizar al sacerdote.

            ―Solo queremos hablar, padre. ¿Conoce o no la canción?

            ―Creo haberla escuchado alguna vez ―respondió tajante.

            ―Esa estrofa se ha convertido en nuestra vida, es un himno en nuestro propósito. «Un ser dos mundos son», eso es lo que somos, padre. Seres en dos partes; vivimos en la conciencia de otro ser superior que habita en dos mundos, en dos planos. ¿Sabe a lo que me refiero? ―Frank se sentó a la orilla de las butacas.

            ―Si están buscando la fe del Señor, esta no es la mejor manera de hacerlo, jóvenes.

            ―«Pon tu fe en lo que tú más creas» es el comienzo de la estrofa. Nuestra fe va más allá de creer en Dios ―argumentó Frank―. Pensándolo mejor, padre… No estoy seguro de si el Dios en el que creo es el mismo que usted adora. Lo más probable sea que sí, solo existe un Dios. ―Cruzó las manos, bajando levemente la mirada.

            Inza saltó del asiento y caminó unos pasos hacia ellos. No le agradaba la charla, estaba ansiosa.

            ―Estás hablando mucho, Frank. ―Volteó los ojos.

            El aludido soltó una risita casi imperceptible y luego dirigió de nuevo la mirada al sacerdote.

            ―«Te guiará tu corazón y decidirá por ti» es la última frase de la canción ―Frank siguió hablando, le gustaba mucho esa tema―. El corazón de Inza nos guio hasta aquí, hasta usted. ―Señaló a ambos con el mismo dedo.

            Juntó las manos, entrelazando las falanges; se levantó y estiró los brazos hacia arriba, sonándose todos los huesos y la espalda.

            ―Por favor, padre ―sacó de nuevo el cuchillo―, de rodillas; mi chica tiene que explicarle por qué estamos aquí. Así que, por favor, preste mucha atención, ¿de acuerdo? ―Esta vez le habló como si fuera un niño.

            El padre Lacay obedeció, cerrando los ojos; alzó un poco las manos y se arrodilló con la vista hacia Inza.

            ―Esta es la parte más fastidiosa, odio tener que explicar todo cada vez que hacemos esto… ―dijo esta, inclinándose para observar directamente las pupilas del sacerdote.

            ―Indicaste que era necesario que ellos sepan. Yo no pongo las reglas ―le objetó Frank, y se sentó en la banca frente a ellos.

            Inza suspiró, se acomodó un mechón que le caía en medio de la cara y procedió a examinar el rostro del sacerdote. El padre Lacay era un anciano de expresión firme, guapo y de carácter fuerte. Estaba afeitado y el cabello lucía canas. Sus ojos de color miel se mostraban muy claros, pero lo que más interesaba a Inza eran la boca y el cuello; el sacerdote tenía una dentadura perfecta, alineada y blanca como el arroz. El cuello aguantaba grueso y firme, con una manzana de Adán que se movía constantemente debido al nerviosismo.

            ―Entiendo que usted sea un hombre de mucha fe, padre ―comenzó la fémina―. Pero ¿alguna vez ha notado que se siente más vivo cuando está dormido y que esto que vivimos es incierto? ―La profunda mirada de Inza penetró en la del sacerdote.

            ―Sí… ―respondió después de unos segundos de meditación―. Percibo la sensación de mentira y peligro cuando despierto. En cambio, cuando duermo, me siento libre y sabio; pero sé que solo son pensamientos inocuos que mi imaginación crea como distracción y duda. Solo existen este mundo y el Cielo junto a nuestro Señor. ―Quiso persignarse, pero le dio miedo mover las manos.

            ―¿Y qué hay del Infierno? ―interrumpió Frank―. Nosotros somos pecadores, ¿iremos al Infierno? ―le preguntó con osadía.

            ―Probablemente irán si no se arrepienten y aceptan la voluntad y perdón de Dios ―contestó con voz firme y ronca.

            ―Adónde vamos, no existen ni el Cielo ni el Infierno. Son solo cuentos del nombre e imaginación, como este mundo falso en que vivimos ―añadió Inza, levantándose.

            El padre Lacay quedó en el suelo a la altura de las caderas de esta.

            ―¿Usted cree en la ciencia?

            ―La ciencia ha salvado muchas vidas ―dijo dubitativo.

            ―Esto es importante. ¿Ha escuchado de algo llamado la ecolexía? ―Inza posó la mirada nuevamente en los ojos del sacerdote.

            ―En la Iglesia no consumimos drogas.

            Desde la distancia, Frank aguantó las ganas de reírse.

            ―Créame, padre. La ecolexía es el absoluto opuesto a una droga. Es una melodía, un sonido armónico que nos despierta ―dijo ella, cerrando los ojos.

            El sacerdote no supo qué responder, ¿estos muchachos estaban drogados?

            ―¿Podrían decirme qué es lo que quieren de mí? ―cuestionó, pronunciando cada palabra con pausa.

            La chica se sentó frente a él y cruzó las piernas. De cerca se veía más pálida, pero la lucidez en su mirada indicó que no habían consumido ningún tipo de drogas o narcóticos.

            ―El universo es infinito y esa teoría del Big-Bang, esa que dice que una explosión galáctica originó todo, realmente es cierta; solo que no creó el mundo, sino a un ser.

            ―Es interesante que ustedes, jóvenes, traten de encontrar un lógico origen de Dios con las teorías de la ciencia. Pero Dios es omnipotente y omnipresente, siempre ha estado allí o aquí. ―Señaló con las manos el suelo―. Él está en todas partes, en todo momento y al mismo tiempo. ―Quiso persignarse, mas temió que la chica se alterara.

            Unos breves y poco sonoros aplausos de Frank interrumpieron el discurso del sacerdote.

            ―No discuto la omnipresencia de Dios. Pero es mejor que la escuche a ella y entenderá por qué Dios es de esa manera en la que usted predica. ―Lo señaló con el cuchillo―. Todo tiene un origen, incluso Dios.

            El sacerdote calló y dirigió la mirada de nuevo a Inza.

            ―El Big-Bang no fue una explosión ―retomó esta el habla―. El imperecedero universo está compuesto por una infinita cantidad de partículas desordenadas, un caos que se agrupa y se separa constantemente. ―Juntó y separó sus dedos―. Pero una vez todas esas partículas, por coincidencia o destino, se juntaron, formando una masa. ―Agrupó sus puños frente a los ojos del sacerdote―. Y ahí nació Dios. ―Abrió las manos lentamente, imitando el florecer de una flor.

            ―Eso que llamas coincidencia o destino solo fue la voluntad de Dios ―replicó Lacay―. El hombre no puede entender la vida de Dios antes de nuestra creación, es incomprensible para nuestra lógica. Y tampoco es muy lógico que, por coincidencia, todas esas partículas que dices, por mera casualidad, se juntaran para crear vida y mucho menos la de Dios ―explicó con un poco de pesar.

            ―Eso no es coincidencia ―agregó Frank―. A eso se le llama el poder de la causalidad, una serie de infinitos cálculos y ecuaciones matemáticas que causan el origen por reacción y respuesta. ―Sacó un cigarrillo para encenderlo―. Imagínese que tiene un mazo de naipes y usted está barajando esas cartas una y otra y otra vez. En algún punto del tiempo, por causalidad y no por casualidad, esas cartas estarán perfectamente ordenadas. En ese instante se resuelve la ecuación y, como el universo es infinito y carente de nuestro concepto del tiempo, esas partículas universales se juntaron en algún punto para generar vida; la vida de Dios. ―Sonrió al terminar y escupió una estela de humo.

            El padre Lacay miraba con atención y asentía de vez en cuando.

            ―Me parece fascinante, lo admitiré. ―Bajó la mirada―. Pero eso no explica qué quieren de mí y por qué me preguntaste sobre esa ecolexía.

            ―Es porque usted tiene razón, padre. Dios sí nos creó a nosotros, pero no de la manera que usted piensa. Y venimos a demostrárselo. ―Inza lo tomó de la mano.

            Una oleada de incertidumbre se apoderó del sacerdote; entendía la confusión y creencias de esos peligrosos muchachos, pero quería escucharlos. Necesitaba desvelar sus propósitos, porque en el fondo, por alguna extraña e intrínseca razón, deseaba creerlos.

            ―El mundo tal y como lo conocemos es solo una ilusión ―narró la chica con un tono distinto al habitual, más fino y proyectado―. Los colores que vemos, los aromas que olemos, los sabores que probamos, los sentimientos que sentimos... Absolutamente todo a nuestro alrededor no es más que un sueño, una farsa… ―concluyó con pena.

            ―Ustedes no saben distinguir un sueño de la realidad. ―Le apretó las manos con fuerza cariñosa.

            Frank se levantó del asiento, dio unos pasos y se paró detrás de Inza.

            ―No está entendiendo el concepto, padre. Vivimos en una realidad de ilusión, algo que creemos que es real, pero no lo es, porque no sabemos lo que realmente es real. ―Frank se inclinó a la altura de los rostros de Inza y el padre Lacay―. Es como esa película de Keanu Reeves, estamos vivos dentro de una Matrix ―resumió con una ilustrada referencia cinematográfica.

            El sacerdote lo miró atento, le tenía más miedo a él por su masa muscular y el filoso cuchillo que llevaba en el cinturón. Sin embargo, a la hora de hablar, confiaba más en su juicio que en el de la chica. Quizá con un poco más de conversación lo dejarían ir.

            ―Entonces, según ustedes, ¿estamos dentro de una simulación del mundo real igual que en la Matrix? ―preguntó Lacay.

            Una sonrisa surcó el rostro de Frank con emoción.

            ―Oh, conoce las películas. ―Le divirtió que entendiera su referencia―. Pero se equivoca en algo; una simulación es algo que emula otra cosa que ya existe o que existió. En cambio, nosotros estamos dentro de un sueño. Algo creado con base en la nada, desde la imaginación de Dios. ―Le apretó un hombro con fuerza en señal de igualdad.

            ―Joven, ¿se da cuenta de que lo que está diciendo es exactamente lo que yo creo? ―Inza y Frank cruzaron miradas y centraron la atención en él―. La invención de este mundo no es más que el sueño de Dios hecho realidad. No es que estemos un mundo ficticio y que haya otro fuera de los límites de Dios; es que Él no tiene límites y antes del todo no había nada. No existe algo más allá de la realidad, porque el ahora es el que estamos viviendo en este momento, vivos y con nuestros seres queridos. ―El padre tomó las manos de ambos y las juntó.

            Hubo un silencio incómodo, Frank cerró los ojos e Inza se mordió los labios. No querían desilusionar al sacerdote; su voz les daba paz, a pesar de que en cualquier momento probablemente tendrían que quitarle la vida.

            ―Se escuchan muy bonitas sus palabras. Pero incluso esos pensamientos forman parte de un guion predeterminado que esta realidad le hace decir, nosotros vamos a liberarlo ―le indicó Inza, agarrando sus manos de nuevo―. Le explicaré: cuando el Big-Bang creó a Dios, Él se dio cuenta de que estaba solo, porque, al igual que usted dice, antes del todo no había nada. ―Pausó su respiración para hablar―. Pero, en realidad, en vez de crear un mundo como dicen las Antiguas Escrituras, lo que hizo Dios fue dormir e imaginar su mundo perfecto. ―Abrió los ojos de par en par para penetrar en la mirada del sacerdote―. ¿Lo entiende ahora, padre? Nosotros vivimos dentro del sueño de Dios; un mundo de ensueño, incluyendo pesadillas. Todos nosotros estamos en su cabeza; solo somos una imaginación fugaz que vive brevemente segundos para él, porque su tiempo es infinito y perfecto. Solo somos pensamiento, seres oníricos que desaparecen sin dejar huella en Dios. ―Una lágrima bajó por su mejilla, llevándose un brillo misteriosamente dorado, casi como la miel de sus ojos.

            La tenue luz de la linterna de Frank titiló; el ambiente lóbrego arropaba a los tres presentes, como si la bombilla los atrapara en una pecera brillante y todo lo demás se oscureciese sin dejar rastro.

            El padre Lacay no cesaba de observar con atención la mirada iluminada de la chica extraña frente a él. La oscuridad que se cernía sobre ellos disponía de un escenario macabro y angustiante. ¿Cómo podría él ayudar a esos jóvenes confundidos? ¿Cómo salvarse de esa situación particular?

            ―Está bien, jovencita ―dijo Lacay―. Asumamos que te creo, vivimos en el sueño de Dios… ¿Qué sentido tiene que sepamos esto?

            ―Los hindúes lo descifraron hace muchísimo tiempo ―agregó Frank con una risita irónica―. Ellos tienen un dios llamado Vishnú, cuentan que él duerme en el universo y la existencia es solo una simple siesta. Al despertar, todo termina. ―Imitó una pistola con las manos y se apuntó la sien.

            ―¿Eso es lo que quieren hacer? ¿Despertar a Dios? ―se sorprendió el sacerdote, e intentó levantarse.

            Las manos de Inza lo sostuvieron de los hombros y lo empujaron hacia abajo.

            ―Si lo que profetan es cierto, ¿qué sentido tiene despertar a Dios si todos desapareceremos? ―Trataba de hacerlos entrar en razón―. Sería como un genocidio, moriríamos todos. Matar es un pecado y ustedes no tienen el derecho de decidir sobre la vida de los demás; ¿comprenden lo que les quiero decir? ¡Dios no quiere que esto pase! ―Alzó poco a poco la voz.

            ―¿Y si esto es la voluntad de Dios, padre? ―preguntó Inza―. Todo ser vivo tiene un propósito; yo estoy aquí para cumplir el mío, al igual que usted. ―Cerró los ojos―. Yo estoy en este sueño por una razón y sé que no soy real por esa misma razón. Creo que Dios no puede despertar. ―Se llevó las manos al corazón.

            La luz de la linterna comenzó a brillar más, brindándole un aura como si se tratara de un ser celestial.

            ―¿Y tú crees que tienes el poder para despertarlo? ―Esta vez el padre Lacay tomó a Inza de los hombros con mucho cuidado.

            Ella asintió con una sonrisa que pareció triste y satisfecha al mismo tiempo.

            ―No soy la única que puede producir la ecolexía, pero sí la única que ha llegado más lejos. Por eso lo necesito a usted ―respondió ella, apartándole las manos.

            La chica se levantó, dio varios pasos cortos hacia un pilar y subió la vista hasta un candelabro que colgaba del techo de una fina y vieja cadena. La catedral tenía cientos de cobre. Afinó su garganta sin dejar de observar el objeto. Inza tomó aire, suspiró por la nariz y soltó una delicada y fina melodía. El padre Lacay jamás la había escuchado.

            La voz de Inza se asemejaba a un eco angelical, como si la campana celestial hubiese bajado al mundo a ser tocada por un alma inocente. ¿Cómo esa chica podía producir tal sonido con sus cuerdas vocales? Le causó una sensación sublime, como si la misma música se convirtiera en hilos dorados que entraban a su ser y recorrían sus vasos sanguíneos, limpiándolo de todo mal. Hasta por breves segundos el padre Lacay se sintió joven de nuevo; ese sonido era revitalizante, ameno, lleno de amor y bondad. Pero de repente sufrió una punzada en el pecho. Como si esos hilos se hubiesen convertido en agujas negras y sangrientas, que le atravesaban el corazón con una sensación amarga y desagradable.

            El padre subió la mirada hasta la chica que cantaba. Su aura benévola se había tornado oscura y rojiza. Inza dirigió una mano al candelabro con un vibrato en su voz más fuerte de lo normal. Aquel objeto de cobre y vidrio, con una vela en el interior, se desquebrajó como la arena que arrasaría un huracán. Lo que una vez existió fue borrado como por el viento.

PARTE III

            La acústica reverberó el sonido que Inza había logrado producir; pero, al igual que el objeto que desapareció, se había esfumado por arte de magia sin reproducir eco.

―¿Necesita otra prueba de fe, padre? ―le preguntó Inza, tornando la voz a su estado normal―. No se convierta en santo Tomás, ya lo vio. ¿Va a creernos ahora? ―le espetó en la cara.

            Una gota fría y lenta recorrió la sien del sacerdote, bajando lentamente como un torrente de miel que espesaba su angustiante respuesta.

            ―Eso que hiciste… ―pausó el habla― me asustó, me tiemblan las manos. ―Se miró los dedos temblorosos―. Si es cierto lo que dices, tu fe está volcada en esa ecolexía para despertar a Dios. Un ser que vive y duerme más allá de lo que conocemos. Y dices que esa fe te guio hacia mí…, ¿por qué? ―preguntó Lacay con sumo desconcierto en su quebranto.

            ―¿Lo ve? Como la canción de Phil Collins: «Pon tu fe en lo que tú más creas. Un ser dos mundos son. Te guiará tu corazón y decidirá por ti» repitió la estrofa como cuando había entrado.

            Entretanto el sacerdote se distraía con la canción de Tarzán, Inza se abalanzó sobre él. Tomándolo del cuello, lo estampó en el espaldar de una butaca. El golpe movió el bolso del padre y la moneda de plata con la imagen de la Señora de la Piedad rodó hasta los pies de Frank.

            ―¿Qué es lo que quieren de mí? ―cuestionó Lacay angustiado y taquicárdico.

            Las botas gruesas militares de Frank sonaban fuertes con cada pisada. Se aproximó a él y quedó a su lado.

            ―Inza tiene una conexión espiritual con todas las personas que son capaces de producir la ecolexía. ―Se inclinó para mirarlo en la butaca―. Ella quiere su voz, padre. ―Un dedo de Frank recorrió el brazo de Inza hasta llegar a la mano que aprisionaba el cuello del sacerdote.

            Los ojos de esta brillaban con tonalidades doradas. En ese momento Lacay notó un extraño tatuaje en el hombro de la chica, una especie de triángulos con tonos y notas musicales adentro, que parecían moverse en su piel.

            ―Tiene dos opciones, padre ―comentó Frank―. Si colabora por las buenas, otorgará voluntariamente su voz a Inza; ella puede extraer sus cuerdas vocales sin causarle daño. Solo se quedará sin voz, como cuando Úrsula le quitó la voz a Ariel en La Sirenita. O podemos hacerlo por las malas… ―Desenfundó el cuchillo y lo colocó justo por encima de la mano de Inza―. Y créame, padre: este método no es nada bonito…; usted decide. ―Jugó con el arma, dándole vueltas; la luz se reflejaba en la superficie.

            El padre Lacay tragó un cúmulo de saliva tan grueso que Inza sintió cómo se movía la manzana de Adán. Cerrando los ojos fuertemente, meditó lo más rápido que pudo y rezó en un tono casi imperceptible.

            ―Lo haré de forma voluntaria ―respondió a su pesar.

            La chica sonrió y le soltó el cuello.

            El viejo sacerdote seguía asustado; pero, bajo esa presión y la peligrosa situación sobrenatural, perder la voz le parecía un trato razonable. A pesar de estar repleto de fe y confianza en que sobreviviría, no quería terminar con un cuchillo en el cuello y mucho menos desvanecido del mundo, como le había ocurrido al candelabro.

            ―Me alegra su decisión. ―Frank le palmó el hombro con una fuerza sonora―. Es el primero que se ofrece voluntariamente y, siéndole franco, ya me estaba cansando de matar personas. ―Lo ayudó a levantarse.

            ―Espero que se arrepientan de todo mal causado por este capricho ―dijo en voz baja, y esta vez pudo persignarse.

            La chica pálida volvió a acercarse al rostro del anciano.

            ―Es el capricho de Dios, que quiere despertar. ―Le sostuvo la cabeza con cuidado.

Lacay suspiró y cerró los ojos. Pero antes intentó indagar con una última pregunta.

            ―Antes de comenzar, quisiera preguntarles: ¿qué ganan ustedes con esto? ¿Por qué seguir esa corazonada?

            ―Por fe, padre. Usted debe saberlo más que nosotros. ―Inza puso hincapié en sus palabras―. Esta es la voluntad de Dios y quizá, cuando despierte, todos nosotros estaremos en un mundo mejor. ―Por primera vez, Lacay la vio sonreír de manera genuina.

            ―Este mundo es una mierda. Lleno de atrocidades e injusticias. ¿No se le ha ocurrido que probablemente Dios está teniendo un mal sueño? Muchas personas en el mundo viven en su constante e interminable pesadilla ―argumentó Frank, guardando el cuchillo.

            ―Llegó la hora de despertar ―afirmó Inza, acercando la boca al cuello del sacerdote.

            Los labios tocaron la garganta de este. Como si fuera el gáster de una luciérnaga, una tenue luz dorada se encendió en su carne. Él no podía verla, pero notaba una fuerza palpitante en sus cuerdas vocales. Cuando Inza se retiró, se la llevó, como si sus labios fueran una red mágica que atrapaba gotas de agua doradas y brillantes. El sacerdote no había sufrido dolor, solo captaba la ausencia en su cuello. Sentía como si antes hubiese sido un reloj de arena, y ahora le habían arrebatado todos sus granos y polvos.

            Inza tenía la fuente de luz pegada a sus labios, una esfera dorada y brillante contenía otros destellos blancos en el interior que se contraían y expandían como notas musicales y vibratos. De un bocado, la chica se la comió como si fuese un pequeño bombón de chocolate. Una reparación seca le quitó el aliento, abriéndole los ojos de par en par. Finalmente, había conseguido aquello por lo que tanto tiempo había estado matando.

            El sacerdote comenzó a marearse y Frank lo sostuvo para sentarlo de vuelta en una de las bancas.

            ―Muchas gracias, padre. Ahora descanse, pronto todos despertaremos.

Observó con atención la frágil y a la vez poderosa presencia de su chica. Inza era delgada y delicada; pero en ese momento su sola presencia la convertía en un ser mítico y poderoso, como si un auténtico ángel hubiese bajado del cielo.

            Ella suspiró y susurró con el aire. Su pecho se agitaba una y otra vez, aumentaban su respiración y ritmo cardíaco. Se llevó las manos a esa zona, tratando de controlarla y forzándose a usar sus vibratos más perfectos en el plexo solar.

            Antes de iniciar o más bien de terminar todo, Inza dio un último vistazo a su chico. Frank se veía preocupado y aliviado también. De cierta manera, quería que todo saliera bien; necesitaba despertar de ese mundo, volver al inicio, comenzar desde cero y borrar su pasado. Frank asintió con la mirada, Inza le devolvió el gesto y cerró los ojos.

            Su tatuaje se comportaba de manera más notoria; los diamantes que conformaban el pigmento lineal se extendían y contraían, al igual que los destellos sonoros de la esfera dorada que se había comido. Las notas musicales y vibraciones del tatuaje también se movían, esperando reproducir una melodía sublime e inexistente.

            ¡Había llegado el momento! Inza subió la mirada al techo de la catedral: hermoso, con una pintura angelical formada por nubes, destellos de sol y querubines volando como niños juguetones. Al tomar una bocanada, el pecho se le infló tanto que incluso su cabello fino y oscuro se elevó, flotando como una manta de seda negra. Con una mano en el aire y la otra debajo de su garganta, abrió los labios para pronunciar el sonido final, la melodía que daría fin a todo: la ecolexía.

            Un pitido surgió y después enmudeció todo. Frank y el padre Lacay vieron las ondas doradas del eco ante sus ojos, se expandían desde Inza hasta cada rincón. Al chocar con los objetos y con ellos, los colmaban de más ondas, como una piedra cayendo en la superficie de un charco.

            La voz de Inza vibraba de una manera tan indescriptible que eso que salía de su garganta no podría llamarse voz. Era una melodía absurda, tan sobresaliente e inexplicable como si una banda sonora se aglomerara para tocarla. El cántico incluía hermosas voces angelicales que se mezclaban con armoniosos sonidos de campanas, liras y arpas. Sin embargo, le costaba llegar al punto álgido, donde la ecolexía resultaba perfecta para lo que precisaban. Al aumentar el esfuerzo, sufrió un desgarro en la garganta; pese al dolor, no se dio por vencida y siguió cantando.

            De repente, los objetos de la catedral comenzaron a deformarse; se curvaban y torcían, como si fueran reflejos vistos detrás de una pantalla de agua. Frank y el padre Lacay miraban absortos y asustados. Una oscuridad suprema los arropó, la nada se comía los colores; una presión superficial aniquiló la estabilidad, empujándolos hacia abajo. No sentían dolor y, a pesar de eso, dentro de sus corazones percibían que algo se apagaba.

PARTE IV

¿Acaso habían cometido un error? ¿No debieron intentar despertar a Dios con la ecolexía?

            El padre Lacay trató de levantarse, pero sus rodillas desequilibradas flaquearon. Ya no tenía voz y no podía gritar a la chica. Habían fallado al liberarse del sueño de Dios, ayudarlo a despertar por un bien mayor no debería verse o sentirse de esa manera. El sacerdote miró a Frank, buscando una actitud objetiva; el muchacho apretaba su camisa de franela por el dolor incesante en el corazón.

            ¿Acaso la ecolexía había resultado un engaño? ¿Un truco ponzoñoso del demonio para cometer un ardid sobre estos muchachos y que despertaran a su mayor enemigo, que había creado un paraíso de ensueño?

            Pero era demasiado tarde, Dios estaba despertando. Inza se rascó la garganta, hiriéndose con las uñas; le dolía y, por más veces que intentara detener su canto, la ecolexía la utilizaba como medio. Inza se había convertido en un instrumento musical humano, tocado por algo sobrenatural que no paraba.

            Y, de repente, cerró los ojos y lo vio. ¡Allí estaba! No sabía cómo o si era la única que podía captarlo, pero de alguna manera sentía que no. Se encontraba allí, en medio de un infinito océano cósmico ―lleno de estrellas, constelaciones, planetas y galaxias―, el ser más inmenso y descomunal del universo, durmiendo en el vacío espacial. Parecía tan grande que Inza no sabía a qué distancia estaba para poder apreciarlo por completo; de seguro era mucho más colosal de lo que sus ojos le indicaban.

            En ese instante, el rostro de la criatura se arrugó, como cuando un niño comienza a ser despertado por su madre en la mañana para ir al colegio. Mostró un gesto de molestia y comodidad al mismo tiempo. Sus ojos se movieron debajo de los párpados, frunció el ceño y abrió la boca. Apenas cuando el iris se asomó por debajo, Inza dedujo que dejaría de existir en segundos.

            ¡Su misión estaba completada! La existencia se acabaría; no más sueños ni pesadillas… Lo próximo que vendría sería el nuevo mundo, otro sueño de Dios. Tendría que convertirse en un lugar mejor.

            Cuando Dios abrió los ojos, ¡todo terminó!

 

Le había dado la impresión de ver a una persona diminuta frente a él, observándolo. Pero eso era imposible, el mundo estaba en su imaginación.

El enorme bebé cósmico de cabeza alargada y descomunal se frotó los párpados con las manos. El vacío existencial constituía una desgracia infinita para él; nada de juegos ni amigos, solo él y la nada.

¿Qué había sido esa persona que vio? Le llamaba la atención… ¿Lo habría despertado? ¿Cómo?

Por primera vez en mucho tiempo, sentía curiosidad e interés. Dios sabía que nadie podía salir de sus sueños; entonces, ¿acaso algún humano tuvo el poder onírico de ser lúcido y despertarlo? Eso resultaba sumamente interesante. Pero ¿y si no pasaba de nuevo? La única manera de que se repitiese era tan probable como el nacimiento de un segundo Dios, algo casi imposible.

Entonces se le ocurrió una ida: ¿qué tal recrear el mismo escenario? Encaminar de alguna manera su sueño para que sucediese de nuevo. En esa segunda vez ―con fuerza de voluntad de su parte sobre un humano―, cuando despertara, vería al desconocido vivo frente a él para hacerle compañía real en su verdadera realidad.  

¡Lo había decidido, dormiría de nuevo! Concedería el don de despertarlo a varias personas hasta que llegara la adecuada; la esperaría con ansias.

Dios cerró los ojos, emocionado; necesitaba dormir, quería crear la existencia otra vez en sus sueños. Cuando entró en el estado donde aún se sigue entre despierto y dormido al mismo tiempo, dijo:

―¡Que se haga la luz!

Y el mundo onírico recomenzó desde cero.

FIN

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