miércoles, 26 de octubre de 2016

La Casa de la Curva [Cuento]


Desde hace mucho tiempo quería escribir esta historia homenajeando al padre de un amigo, 
al final de la historia encontrarán el motivo. Espero la disfruten mucho.

Misterio Paranormal

Ese auto es una máquina obsoleta y oxidada, hoy se le ha antojado por no encender, esto dificulta el viaje de los hermanos. Ender se molesta y patea la carrocería con fuerza, su hermano Gualberto se echa a reír, y le ofrece una cerveza fría al cascarrabias de su hermano, para calmarlo un poco. Aunque en el fondo, a Gualberto también se le hierve la sangre al escuchar el motor desaforado, como si fuese a vomitar el aceite negro después de una borrachera.

Después de casi 8 años viviendo en la ciudad, irían a visitar a su madre en los páramos andinos de Venezuela. Obviamente necesitaban un automóvil en las condiciones adecuadas para emprender un viaje seguro y cómodo, pero lamentablemente los hermanos Faneite, no tenían la fuerza monetaria necesaria para adquirir un carro en buen estado, por los momentos. Como siempre decía Ender: «con esfuerzo y determinación, la riqueza llegará a nosotros, pero hay que ganársela», y precisamente en ese viaje pretendían ganarse su recompensa adquisitiva.

Según les contaba su madre, un sujeto adinerado tenía planeado comprar la vieja hacienda de sus abuelos, una de grandes hectáreas que lamentablemente por cuestiones de tiempo y dinero, su padre no pudo mantener, obligando a sus hijos a mudarse a la ciudad y comenzar una vida nueva. Pero el pasado había quedado atrás, los hermanos tenían en cuenta que su padre los quiso mucho, tanto así, como para criarlos de una manara tal que, pudieran sobrevivir en la ciudad, sin tener que depender de nadie. Ahora que su padre había muerto y su madre vivía con su hermana, en una pequeña casa en un pueblito de los andes; los hermanos tenían la tarea de finiquitar el trato con aquel multimillonario, vender la hacienda, y finalmente tener el dinero necesario para comenzar un negocio familiar; devolverle un gran a favor a su madre y darle una vida cómoda sin preocupaciones como se lo merece.

El problema era el bendito carro que no encendía. Llevaban toda la mañana tratando de hacer funcionar a la chatarra con ruedas. Ya era un poco más de las cinco de la tarde, hasta que finalmente el motor dejó de rugir como un enfermo de bronquitis, y decidió abrirles las puertas del camino.

―¡Aleluya! ―gritó Gualberto.

―Me estaba sacando de quicio, si no funcionaba me iba a ir a pie ―comentó Ender, tratando de limpiarse con un pañuelo viejo, las manos llenas de grasa y aceite.

            Los hermanos se turnaron en el baño para quedar limpios y viajar. Se les había hecho muy tarde, en cualquier momento el sol se ocultaría y la luz de la luna sería su guía en el asfalto de la carretera. Por ese mismo motivo, Ender no estaba seguro si llevar a su pequeño hijo en el viaje, las carreteras nocturnas de los andes pueden ser un poco peligrosas. Pero ni su madre, ni su hermana, habían tenido la dicha de conocer al pequeño en persona; y él sabía que no había dicha más grande para su madre que, conocer al pequeño Ender, el hijo que llevaba el mismo nombre que su esposo y que su primer hijo.

            Cuando terminó de ducharse, se miró al espejo humedecido, lo limpió con la toalla y observó los rasgos físicos de su rostro; por primera vez se dio cuenta que era la viva imagen de su padre, un retrato idéntico andante… entonces lo decidió, su pequeño hijo Ender, tenía que ir en el viaje. Su madre había sufrido mucho con la pérdida de su marido, y no tenía dudas que la presencia inocente de su nieto de 8 años, le devolvería esa sonrisa que tanto amaban de ella, porque de igual manera, el pequeñín era otro retrato viviente.

            Cuando salió del baño, se tropezó con un carrito de juguete en el suelo, el pequeño Ender tiene la mala costumbre de dejar sus autos de juguete por todas partes, según él: «bien estacionados».

―Papá, ¿puedo llevarme este al viaje? ―preguntó el pequeño, alzando la cabeza. Le enseñó un bonito auto deportivo amarillo con rayas negras.

―Pero no puedes dejarlo estacionado donde tú quieras, cuando termines de jugar lo guardas en el bolso ―le ordenó al pequeño, sobándole la cabeza.

            El niño asintió con la cabeza acatando la orden, siempre respetando a su padre. Ender es un ordenado soldado de las fuerzas militares y su autoridad en la familia nunca fue cuestionada; inclusive por su padre. Es de esas personas que siempre dicen la verdad y su sinceridad es transparente y concreta.

            Antes de partir al viaje, la esposa de Ender preparó la cena. Comieron todos callados, alrededor de la mesa de madera. Los hermanos estaban un poco nerviosos, ese era otro motivo para que el pequeño Ender los acompañara, el niño menguaría la cabeza de los hermanos y su presencia les facilitaría las cosas.

            A las 7:00 p.m. volvieron a encender el auto y colocaron el equipaje en la maleta del carro. Sin más demora, se encaminaron a la encrucijada de su viaje y desaparecieron en el horizonte rumbo a los misteriosos andes nocturnos.

            El pequeño Ender se decidió por jugar con una camioneta negra con un dibujo de un águila dorado en el capó, uno de sus vehículos favoritos de juguete. Rodaba el auto entre los muebles del auto en la parte trasera, era divertido, le gustaba tener toda la parte de atrás para él solo.

            Ender iba al volante, su hermano lo acompañaba de copiloto. Gualberto cambiaba las señales del dial del radio, tratando de sintonizar algunas estaciones que pudiera escucharse bien. Pero a esa distancia de la civilización, en medio de la nada, era casi imposible encontrar una pizca de música.

―¿Por qué no compramos unos CDs de música? ―preguntó Gualberto, rindiéndose en la búsqueda auditiva.

―No había tiempo, o arreglábamos el auto o no hacíamos nada ―reclamó Ender.

            La oscuridad era absoluta en la carretera. Los llanos solos con poco bosque, más adelante visualizaban una montaña gracias a la luz de la luna. La iluminación de la carretera era muy mala, apenas lograban iluminar con los propios focos del auto.

―Papá, ¿cuánto falta? ―preguntó el pequeño Ender, se rascaba los ojos, soñoliento.

            Era de esperarse, era un viaje largo y cansado, tenían más de seis horas en carretera y todavía le faltaban dos.

―Acuéstate a dormir ―dijo el padre, pero el niño se resistía a sus parpados.

―¿O quieres comer algo? Tu mamá preparó unos sándwiches para el viaje ―agregó Gualberto. sacando una bolsa de plástico con el aperitivo. 

―Déjalo que se duerma. Gualberto, es de madrugada ―se quejó el padre.

―Lo siento, campeón ―le dijo su tío, sobándole la cabeza.

El pequeño sacó una manta de su morral y se arropó acostándose a lo largo de los asientos.

―¿Y tú? ―preguntó Gualberto.

―¿Ah? ―Ender se quejó, estaba demasiado concentrado en la carretera, el asfalto no tenia buen aspecto.

―¿No quieres un sándwich? tienen jamón y queso ―dijo, mordiendo un triangulo de pan muy sabroso―. Tu esposa también nos dio café ―afirmó, sacando un termo de color blanco y púrpura.

―Dame un café, me estoy durmiendo… ―solicitó Ender. Gualberto le sirvió un poco en un vasito de plástico, con algo de dificultad logró verter el líquido negro hasta el tope del visito.

            Repentinamente, el auto comenzó a temblar, las luces parpadearon y una estática molesta sonó en el radio apagado.

―¿Qué fue eso? ―preguntó Gualberto. Ambos se asustaron, temían que el carro se apagara de pronto en medio de la nada.

―No pasó nada… ―contestó Ender, apaciguando el ambiente.

            A lo lejos, se acercaban al páramo de la montaña. La carretera seguía por una curva entre los árboles, pasando al lado de una vieja casa abandonada de color blanco, muy sucia y desdichada.

            Siguieron el trecho, después de la curva en línea recta. Una vía despejada pero igualmente oscura, como las tinieblas de la noche. Nuevamente las luces parpadeaban, esta vez con más intensidad. Ender disminuyó la velocidad del auto y ambos hermanos sudaron nerviosos temiendo lo peor, pero prefirieron ir a paso lento que, quedarse varados en la oscuridad de los andes. 

―No me gusta esto… ―dijo Gualberto en voz baja, y sacó otro sándwich para matar su antojo y tranquilizar el nerviosismo.

            Ender echó un rápido vistazo al asiento trasero, su pequeño hijo seguía durmiendo plácidamente. Estaba aliviado, no quería que pasara un susto como el que ellos sentían.

            El motor del auto no fallaba, las llantas seguían rodando en el asfalto maltrecho. Pero por alguna razón, la interferencia en la radio no dejaba de sonar y las luces pestañaban molestándoles la vista. 

            Crujidos extraños despertaban la curiosidad de los hermanos. Gualberto pegaba el oído a la corneta del reproductor de audio.

―Parecen susurros… ―dijo el hermano menor, sudando frío.

―Ya deja de estar inventando ―se quejó nuevamente y le dio un golpe a la consola para callarla.

―No lo estoy inventando, Ender. Si escuchas algo, te voy a meter un coñazo ―lo amenazó con irritación, una de las peleas comunes de los hermanos.

―No se escucha nada, Gualber… ―Ender fue interrumpido abruptamente. Con claridad, se escuchó en el silencio espectral, una voz infantil diciendo: «papá».

            Ambos voltearon rápidamente al asiento trasero, pero el pequeño Ender seguía dormido.

―Te lo dije ―declaró Gualberto, y le propulsó con golpe a Ender en el brazo para ganarle la apuesta.

            Ender aceptaba la derrota, sin duda había escuchado una voz, pero quiso mentirse a sí mismo, utilizando su imaginación como una excusa barata. Algo extraño estaba pasando, pero no quería aceptarlo. No fue hasta que visualizó una curva en el páramo del camino que, volvió a ponerse nervioso, aceptó que el ambiente no iba de acuerdo a sus planes.

            Al cruzar la curva, observaron una vieja casa blanca y sucia. Ender no quiso mirarla por mucho tiempo, y cuando las luces volvieron a su estado normal, aceleró de golpe para huir del pequeño páramo.

―¿Recuerdas esas historias que nos contaba papá? ―cuestionó Gualberto.

―No vengas con eso… ―Ender alzó otra queja.

―En las carreteras siempre hay espectros, esos de los accidentes que nadie entierra y dejan una capillita por la vía en su honor. ¿Por casualidad pasamos una y no la vimos? ―se preguntó Gualberto, tratando de recordar. Sacó otro sándwich y comenzó masticar con fuerza en la mandíbula.

            La carretera se desviaba otra vez en una curva, Ender seguía la vía a través del cruce. Ambos miraron nuevamente la vieja casa blanca y sucia, pero esta vez, tenía una particularidad distinta. Pudieron distinguir una pequeña niña vestida de blanco en la puerta de la morada, sostenía un peluche de juguete con forma de conejo.

―¿Viste eso? ―preguntó Gualberto, alterado. Casi se le cae el pan de la boca.

―Es la tercera vez que pasamos por aquí… ―admitió Ender, saliendo del pequeño páramo  en la vía recta.

            El auto siguió el rumbo por tercera vez, seguía la línea recta en dirección al horizonte. Pero desde donde estaba, visualizaban el pequeño páramo llamándolos nuevamente al bucle infinito, en donde estaban atrapados. La realidad adversa donde estaban atrapados, era un circulo infinito que se repetía una y otra vez, como si atravesaran un espejo hacia la misma dirección. Solo había una forma de escapar de esa dirección maldita. Ender aceleró el auto a su máxima velocidad.

―Ender, cálmate. Estamos atrapados; mira, lo más recomendable es esperar a que amanezca. Tenemos gasolina suficiente hasta esperar, pero por ningún motivo debemos bajarnos del carro ―exponía Gualberto, secándose las gotas de sudor de la frente.

            Pero Ender no escuchó nada del discurso de su hermano, su mente rondaba en una cosa: esa niña blanca en la casa vieja. Justo cuando el carro atravesaba por cuarta vez la curva, Ender estacionó el auto con un chirrido, abrió la puerta de golpe y bajó del auto.

―¿No me escuchaste? ―preguntó Gualberto alterado―. No te bajes del auto, ¡Ender! ―le gritó con fuerza.

            La respiración en su pecho aumentaba, los latidos del corazón sonaban como tambores africanos, pero el soldado no se iba a doblegar con la presencia de una niña fantasma. ¿Qué podría hacerle?

            En ese instante. recordaba los cuentos de su padre, aquellos cuentos de terror para divertirlos, pero con una enseñanza que jamás olvidaba, algo que Gualberto no recordaba. «A quienes hay que temerle, están vivos, los muertos no pueden hacerte daño», ese era el consejo del viejo. Ender siempre lo recordaba, siendo un militar, entendía perfectamente a lo que se refería su difunto padre. La crueldad humana se vive en carne y hueso, los fantasmas solo asustan, y un hombre de verdad, no muere de un susto. La gente muere con balas, apuñalados, destripados y cosas peores que Ender había visto con sus propios ojos. Cuando recordó todas esas escenas en los campos de guerra, vio a esa niña espectro con lástima, el miedo se había evaporado.

            Comenzó a caminar en dirección a la casa, pisaba con tranquilidad por corto sendero de tierra. La niña fantasma lo esperaba en la entrada, una hermosa infante con un brillo espectral en sus ojos; una bata blanca, el cabello negro y un peluche de conejo muy bonito.

―Hola ―dijo la niña, moviendo su manita de arriba abajo. Era la misma voz que escuchó en la radio.

―Hola, ¿estás perdida? ―preguntó Ender, muy calmado. No sentía que esa presencia fuera maligna, inclusive le recordaba a su hijo.

―No, yo vivo aquí ―dijo la niña, con una sonrisa pequeña. Las características de su rostro daban la sensación de melancolía, a pesar de tener un rostro hermoso, mirarla por mucho tiempo dolía el corazón.

―¿Qué haces afuera de tu casa tan tarde? ―preguntó Ender, agachándose para verla a su misma altura.

―Discúlpame… pensé que eras mi padre, lo he estado esperando por mucho tiempo ―dijo la niña, bajando la mirada, esquivó la pregunta de Ender.

―¿Dónde está tu padre? ―formuló otra pregunta, observando a los lados. De repente, se dio cuenta que la puerta de la casa estaba cerrada, y las ventanas habían sido tapadas con grandes pedazos de madera.

―No lo sé… me dejo aquí esperando… ―contestó la niña. Ender se distrajo un poco detallando la casa. Cuando volteó la mirada, la niña había cambiado: estaba flaca, desnutrida y amarillenta, una calavera viviente con la piel pegada a los huesos.

            Ender resbaló sorprendido, y cayó de espaldas sobre su trasero. En cuanto volvió a ver la niña, se encontraba igual de hermosa que antes. ¡Era un verdadero fantasma! igual que los cuentos de camino que contaba su padre.

―No puedes esperar por siempre, él no vendrá ―Ender no supo porqué dijo esas palabras, pero sintió desde el alma que tenía que decirle la verdad. Aunque era una niña pequeña, como su hijo, entendería en qué situación se encontraba.

―¿Y por qué tú viniste? ―se cuestionó la niña. Trataba de entrar en razón, era la perfecta lógica infantil: ¿si un extraño vino, por qué no lo hacía su propio padre?

―Porque yo también tengo un hijo y me preocupaste ―contestó con firmeza.

            La niña estuvo a punto de llorar. ¿Desde hace cuanto tiempo no recibía un afecto humano? Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Ender, sintió una responsabilidad sobre sus hombros y quiso abrazar a la niña, pero cuando pestañó la pequeña se había ido.

            Ender se levantó limpiándose la tierra del pantalón, miró a los lados nuevamente y se acercó a la casa. Olía horrible, apestaba a podredumbre y no pudo conseguir abrir la puerta por mucho que la empujaba.

Quitándose un peso de encima, caminó de regreso al auto. Su hermano Gualberto estaba de boca abierta, pero no quiso comentar nada, no preguntó qué había ocurrido con la niña; al igual que Ender, solo la vio desaparecer. Ender se acomodó en el asiento de piloto, observó a su hijo dormido en la parte de atrás y encendió del auto, pasando la curva en dirección a la vía de escape. El bucle se había roto, no volvieron a pasar por el pequeño páramo maldito y recorrieron el viaje hasta llegar a su destino.

Al culminar el viaje, Ender y Gualberto llegaron a casa de su madre. Su hermana menor, los recibió con abrazos y besos. Ender bajó del auto a su hijo, cargándolo en brazos, y notó que, en el asiento trasero, se encontraba el hermoso peluche en forma de conejo.

Por un instante lo invadió una melancolía ajena, experimentó la redención y el sentimiento de paz y alivio. Ese peluche fue una forma de dar las gracias, había hecho un buen trabajo.
Poco después de finiquitar los negocios de la hacienda, Ender se dirigió al cuartel de la policía para exponer el caso de la vieja casa blanca de los páramos. Sin revelar mucho de su anécdota paranormal; las autoridades, más adelante, investigarían la morada.

De regreso a su hogar, Ender y Gualberto de detuvieron en la antigua casa y depositaron unas bellas flores en la entrada como ofrenda.

Fin
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[Basada en una historia real]

[Esta historia es un esquema de una anécdota contada por el padre de un amigo, basándome en sus testimonios desarrollé una pequeña historia que encaja a la narración verdadera,  por supuesto yo agregué un toque de ficción circunstancial]

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